Me vuelve a hacer falta porque ayer hizo un año que aterrizamos en Pisa, aeropuerto internacional de la Toscana en pos de nuestro objetivo: Llegar a Firenze para pasar nuestro curso Erasmus. Porque ahí empezamos uno de los episodios que se quedan guardados para el resto de la vida, la experiencia única e inigualable de conocer una nueva ciudad y no como turista, sino para formar parte de ella y de su gente.
Pisar una nueva ciudad para establecerse es estremecedor y excitante al mismo tiempo: todo es nuevo, todo es distinto, y tendrás que aprender a manejarte como si fuese tu propia ciudad en la que llevas toda la puta vida si quieres sobrevivir. Bueno, sobrevivir queda un poco exagerado, dejemoslo en "vivir".
Adaptarse fue fácil, en gran parte. Aparte del idioma no hay demasiadas diferencias culturales entre italianos y españoles. Ellos gritan, nosotros gritamos; ellos gesticulan mucho, nosotros (sobretodo yo) gesticulamos mucho; joviales, alegres, nosotros también... extrovertidos? Ahí ya no tanto. Orgullosos? Ellos más, y mira que parece difícil. Son pequeños defectos que se le pueden sacar a cualquiera, de los cuales el único que me ha dado gran pena (y lo siento en caso de que algún italiano pudiese leer esto): Se piensan que tienen una comida estupenda y no tienen ni idea. Porque la pasta se hace buena en todos sitios, en los restaurantes de toda Europa y del mundo e incluso en casa de tu amigo donde nadie sabe cocinar. Porque la pizza hoy en día no es un secreto para nadie y en cualquier barrio de Sevilla encuentras tu propia pizzeria con forno di legna, de ese del que tanto presumen. ¿Salami? Por favor señores, eso se llama chacina y no tiene nada que ver con lo que comen allí. El queso está rico, aunque teniendo en cuenta los precios que se pagan por él sería un delito que no estuviese. Al menos tienen aceite de oliva, se agradece la mediterraneidad que compartimos. El único alimento por el que rompería una lanza en su favor es el HELADO. Joder, que maravilla de helados. Firenze es la ciudad en la que se creó el helado hace más de 15 siglos y por dios que siguen con la tradición. Por culpa de ello ahora no puedo pasar por una heladería española y no llorar al ver los helados de Mars o de Happy Hippo, que parece que patrocinan a los heladeros o algo. Pero bueno, no quiero ser pesao con el tema que yo soy mu de comer y no quiero que os llevéis una mala impresión: La comida está buena, el vino está bueno, las pegas son la elevada relación calidad-precio, algo en lo que los españoles siempre seremos insuperables.
Con el italiano fue cuestión de tiempo. Hicimos un cursillo por allí en el que algo aprendimos, pero sobre todo practicamos “per la strada” con cualquier italiano o guiri con conocimientos de para hablar con ellos. Así poco a poco fuimos cogiendo el nivel necesario para defendernos y , sobretodo, para poder defender nuestros escasos conocimientos delante de un profesor. Que esa era otra. El funcionamiento de los exámenes era distinto, con miles de convocatorias y orales. Lo cual es un auténtico coñazo, aunque debo reconocer que así al menos no copias (aaah, copiar, deporte nacional donde los haya. Creo que hay gente que ha aprobado incluso las oposiciones de notaría copiando como un hijo puta) y lo que le cuentas al tío es lo que te sabes sobre el tema. Sin trolas ni cuentos. Así conseguí aprobar 8 asignaturas de un total de 9, que teniendo en cuenta el nivel de la Universitá degli Studi di Firenze no está nada mal. La universidad, por cierto, como toda buena universidad a la que vayamos nosotros estaba a tomar por culo de casa, menos mal que teníamos la parada de bus relativamente cerca y la posibilidad de ir en bicicleta. Jejeje...
Si, bicicletas, bicicletas muy baratas. Yo diría que eran tan baratas que no merecía la pena ni comprarlas. Simplemente era cuestión de aparecer y pedirles por favor: “Oye bicicleta, ven conmigo, yo te cuidaré. Te prometo que no te faltará de nada” y los candados saltaban como por arte de magia y la bicicleta echaba a rodar al lado tuya. Vale, puede que no fuese tan así y que me lo esté inventando, pero no voy a ser tan capullo como para decir que partimos más bicis de las que puedo recordar gracias a unas cizallas que conseguimos vale!? Para el caso daba igual porque su vida era corta, siempre se rompían o “volaban” nuevamente en manos de otro dueño que les prometiese el oro y el moro. Y que tuviera cizallas por supuesto. Aun así los paseos en bici por Firenze eran bestiales, si sabías alejarte del gentío del centro y la cantidad de coches que lo circunvalaban.
Salir por ahí era otra cosa interesante, aunque el horario no fuese el apropiado para nosotros. Los bares cerraban temprano, los pubs igual y las discotecas en el mejor de los casos lo hacían a las 4 de la mañana. Lo cual para un español que cena a las 10 y sale a las 12 para beber en la calle con la peña le hace muy difícil entrar en un sitio de gente respetable a pasárselo bien. Menos mal que existían antros como el Twice que, por muy sórdido que fuese y a pesar del hedor a vicio y depravación que se olía desde la puerta, nos ofreció cobijo cuando necesitábamos algo de fiesta tardía. Había de todas maneras sitios interesantes a los que ir: Un cafecito en la bohemia, en la cittè o en via dei servi; el NoF, el Naima, el Korova (con su decoración tan de drugo y su ambiente no tanto) entre otros...
Las fiestas en las facultades lo mejor de todo sin duda, ambiente universitario y la posibilidad de desfasarte en el mismo edificio en el que unas horas antes habías estado dando tediosas clases a manos de un mamelas aburrido. La música solía ser aceptable y siempre encontrabas gente, conocías a otra nueva, te emborrachabas con ellos y cogías el largo camino de vuelta a casa haciendo el cafre como si no hubiera un mañana. Y por supuesto una mención especial para los conciertos!! Esos conciertos gratis en Bologna con la Pegatina (concierto del cual no conservo ningún recuerdo y en el que hace poco me han desvelado que nos hicimos fotos con miembros del grupo) y con Che Sudaka de loco con Alfonso; conciertazos de Bongo Botrako, Muchachito Bombo Infierno, Banda Bassotti y Modena City Ramblers en la Flog de Firenze. Estos últimos los que más me pusieron los pelos de punta sin duda.
Para terminar no puedo dejar de recordar sobrecogido todo el halo que envolvía a Firenze. Algo que te encojía el corazón, que te sobrecogía a cada esquina, los edificios, su historia, su belleza, su arte que aparecía por donde quiera que fueses. Una ciudad que fue capital del mundo conocido, con una cantidad de riqueza inimaginable (el florín, la moneda de la ciudad fue la primera moneda reconocida para los tipos de cambio, uséase, la moneda de referencia internacional. Como ahora el dólar vaya). Palacios y espectaculares iglesias son reflejo del poder de religiosos y seglares, y sus grandes obras tanto arquitectónicas como intelectuales todavía perduran. En aquella ciudad se han escrito algunas de las páginas más importantes de la Historia del Arte, de la Historia de la teoría política, grandes inventores, artistas e intelectuales y pensadores al servicio de una de las familias más poderosas que ha dado nuestra civilización: Los Medici. Firenze conserva todavía su impronta y su orgullo, lo cual me recuerda mucho a nuestra amada Sevilla, que vivió un destino paralelo en otra época diferente. Todo era tan monumental que embargaba el alma. Deambular por sus calles era maravilloso, tanto de día como de noche. Poner los ojos de guiri para volver a redescubrir los mismos sitios una y otra vez, sitios en los que siempre descubrías un detalle nuevo.
Algunos de esos sitios emblemáticos: Santa Maria Novella, primer lugar al que llegamos; el Duomo, probablemente la cosa creada por el hombre que más me ha impresionado en mi vida; el río y el Ponte Vecchio con sus puestas de sol; el Piazzale, otro sitio en el que hemos visto grandes puestas y amanecidas. Su vista de Firenze queda para el recuerdo; el Oltrarno, una de las partes genuinas de la ciudad, con su plaza de Sancto Spirito donde nos hemos reído y disfrutado todos juntos; piazza Beccaria, miles de veces recorrida derrotados cargados de bolsas; Novoli, donde cuentan que se encontraba nuestra universidad y donde cayeron varias fiestas y grandes momentos por sus alrededores, tanto de día en clase como de noche de fiesta; Fortezza, sitio para descansar y charlar en su cespecito o celebrar copas de Europa, según se mire; via San Zanobi y alrededores, donde vivían muchos de los grandes amigos que hemos hecho durante este año; sant'Ambrogio, sitio alternativo y tranquilo donde tomarse unas cervecitas o unos vinitos “botellón” style; y por último Santa Croce, la gran Santa Croce, donde hemos hecho vida todos los días de la Erasmus, nuestra seña de identidad por la cantidad de reuniones y grandes cosas (incontables me temo de tantas que son) ocurridas allí, y por la cercanía con nuestra casa que hizo que sienta esa plaza como mía, y amarla como nunca he amado un lugar público o una calle, nisiquiera en Sevilla.
Esos son algunos de los rincones que conservo en el recuerdo, junto con muchos más, y muchas más cosas de la maravillosa y acogedora ciudad de Firenze, cercana y distante al mismo tiempo, bella, con carácter, mística y grandiosa. Única.
Snifff...un besazo lacrimógeno de una parte de la familia San Zanobi :)
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